jueves, 7 de septiembre de 2023

Un endeble tabique de cartón (After Dark - Haruki Murakami)

"Total, que allí había un mal tipo que había cometido un crimen, lo habían pillado y lo estaban juzgando. Y lo iban a castigar. Muy simple, ¿no?  [...] Porque aquellos sujetos, desde cualquier punto de vista, pertenecían a un tipo de personas muy diferente al mío. Vivían en un mundo distinto, pensaban de una forma distinta, actuaban de manera distinta. Un grueso y alto muro se levantaba entre su mundo y el mío. Al menos eso pensaba yo al principio. [...] Y empecé a pensar de la siguiente forma. Que es posible que no exista un muro que separe ambos mundos. Y que, en caso de que exista, quizá sólo sea un endeble tabique de cartón. Y que, en el instante en que te apoyes casualmente en él, puede que se hunda y te caigas al otro lado. O quizás es que el otro lado ya se ha introducido a hurtadillas en nuestro interior, aunque nosotros no seamos conscientes de ello. [...] Y en cuanto empecé a pensar de esa forma, hubo muchas cosas que se me aparecieron bajo un prisma diferente. Vi el sistema judicial, en sí mismo, como un ser vivo especial, extraño. [...]  Y ese ser vivo adopta diversas formas, ¿sabes? A veces adopta la forma del Estado; otras, la de las leyes. También puede adoptar formas más retorcidas, más complejas. [...] Nadie puede acabar con él. Es demasiado fuerte, vive en una sima demasiado profunda. Ni siquiera sabemos dónde tiene el corazón. [...] Aquel ser no piensa que yo soy yo y que tú eres tú. Ante él, todos perdemos nuestro nombre, todos dejamos de tener un rostro. Todos nos convertimos en un signo. En un simple número. [...] Lo que quiero decir es esto. Que un ser humano, fuera el tipo de persona que fuese, había sido atrapado por los tentáculos del gigantesco pulpo e iba a ser engullido por las tinieblas. Y eso, bajo cualquier circunstancia, es una escena insoportable."


Fragmento completo:

"Pues mira. Este año, de abril a junio, he ido varias veces al juzgado. Al Palacio de Justicia de la región de Tokio, en Kasumigaseki. Debía asistir a los juicios y, luego, escribir un trabajo sobre ellos. El seminario de una asignatura, ¿sabes? ¿Has ido alguna vez al Palacio de Justicia?

Mari niega con la cabeza.

–El juzgado parece un multicine -continúa Takahashi-. En la entrada hay unos carteles con una lista de los juicios del día y los horarios, una especie de programación, y tú escoges el que te interesa y vas. La entrada es libre. Eso sí, no puedes llevar cámara fotográfica ni grabadora. Tampoco comida. Está prohibido hablar. Los asientos son estrechos y, si te duermes, un ujier te llama la atención. Pero la entrada es gratuita, así que no te puedes quejar. – Takahashi hace una pausa-. En su mayor parte, asistí a juicios criminales. Agresión con lesiones, incendio provocado, robo con resultado de asesinato. Total, que allí había un mal tipo que había cometido un crimen, lo habían pillado y lo estaban juzgando. Y lo iban a castigar. Muy simple, ¿no? En los delitos económicos o intelectuales las circunstancias son mucho más complejas. La frontera entre el bien y el mal no está tan clara. Son un incordio. Lo único que quería era redactar el trabajo deprisa, sacar una nota aceptable y listos. Vamos, igual que las anotaciones diarias sobre el dondiego de día que hacía en primaria como deberes durante las vacaciones de verano.

Llegado a este punto, Takahashi se calla. Contempla las palmas de sus manos, que tiene posadas sobre la mesa.

–Sin embargo, a medida que asistía a los juicios e iba observando diferentes casos, empecé a sentir un extraño interés por los casos que se juzgaban y por las personas involucradas en ellos. Era como si, poco a poco, hubiera dejado de verlos como algo ajeno. Una cosa muy rara. Porque aquellos sujetos, desde cualquier punto de vista, pertenecían a un tipo de personas muy diferente al mío. Vivían en un mundo distinto, pensaban de una forma distinta, actuaban de manera distinta. Un grueso y alto muro se levantaba entre su mundo y el mío. Al menos eso pensaba yo al principio. Porque, vamos, yo no me puedo imaginar a mí mismo cometiendo un crimen atroz. Soy pacifista, tengo un carácter afable, nunca en la vida, ni siquiera de pequeño, le he alzado la mano a nadie. Justamente por eso podía ver el juicio desde la barrera, como un mero espectador. Como algo totalmente ajeno.

Alza la cabeza, mira a Mari. Busca las palabras.

–Sin embargo, en el Palacio de Justicia, conforme iba escuchando los testimonios de los testigos, las exposiciones del fiscal, los alegatos de los abogados defensores y las declaraciones de los acusados, iba perdiendo la confianza en mí mismo. Y empecé a pensar de la siguiente forma. Que es posible que no exista un muro que separe ambos mundos. Y que, en caso de que exista, quizá sólo sea un endeble tabique de cartón. Y que, en el instante en que te apoyes casualmente en él, puede que se hunda y te caigas al otro lado. O quizás es que el otro lado ya se ha introducido a hurtadillas en nuestro interior, aunque nosotros no seamos conscientes de ello. Ésta es la sensación que empecé a tener. Aunque resulta muy difícil traducirla en palabras.

Takahashi pasa la yema del dedo por el borde de la taza de café.

–Y en cuanto empecé a pensar de esa forma, hubo muchas cosas que se me aparecieron bajo un prisma diferente. Vi el sistema judicial, en sí mismo, como un ser vivo especial, extraño. – ¿Un ser vivo especial?

–Sí. Un pulpo, por ejemplo. Un pulpo gigantesco que habita en las profundidades marinas. Tiene una vitalidad extraordinaria, avanza por el fondo negro del océano haciendo serpentear un montón de largos tentáculos.

Mientras asistía a los juicios, no pude evitar imaginármelo de esa forma. Y ese ser vivo adopta diversas formas, ¿sabes? A veces adopta la forma del Estado; otras, la de las leyes. También puede adoptar formas más retorcidas, más complejas. Y aunque le cortes una y otra vez los tentáculos, vuelven a crecer, siempre. Nadie puede acabar con él. Es demasiado fuerte, vive en una sima demasiado profunda. Ni siquiera sabemos dónde tiene el corazón. Yo, en aquellos momentos, sentí terror. Y me desesperaba pensar que, por muy lejos que intentara escapar, sería incapaz de huir de él. Aquel ser no piensa que yo soy yo y que tú eres tú. Ante él, todos perdemos nuestro nombre, todos dejamos de tener un rostro. Todos nos convertimos en un signo. En un simple número.

Mari no aparta los ojos de él.

Takahashi toma un sorbo de café. – ¿No te parece un poco deprimente todo esto?

–Te estoy escuchando -responde Mari.

Takahashi devuelve la taza al platito.

–Hace dos años hubo un caso de asesinato e incendio en Tachikawa. Un hombre mató a un matrimonio anciano con un hacha, les robó la cartilla de ahorros y el sello, y prendió fuego a la casa para destruir las pruebas. Aquella noche hacía mucho viento y ardieron cuatro casas. Lo condenaron a muerte.

Una pena normal en los anales judiciales de Japón. Casi todos los casos de doble asesinato acaban en pena de muerte. En la horca. Además, estaba lo del incendio provocado. Aquel hombre era un caso perdido. Era un sujeto muy violento, ya había estado antes en la cárcel varias veces. Su propia familia renegaba de él, era drogadicto y, cada vez que lo habían soltado, había vuelto a reincidir. Tampoco mostraba el menor arrepentimiento. Aunque hubiera presentado una apelación, no cabía la menor duda de que se la habrían denegado. Incluso su abogado defensor, un abogado de oficio, sabía desde el principio que no tenía ninguna posibilidad. De manera que a nadie le sorprendió que lo condenaran a muerte. A mí tampoco. Mientras el presidente del tribunal leía la sentencia y yo tomaba notas, pensaba que eso era lo más lógico. Al acabar el juicio tomé el metro en la estación de Kasumigaseki y me fui a casa, pero en el preciso instante en que me senté a la mesa y empecé a pasar a limpio mis notas, sentí una terrible desesperación. Era, ¿cómo te diría?, parecía que se hubiera producido una bajada de tensión en la energía eléctrica de todo el mundo. Todo se volvió un punto más oscuro, un punto más frío.

Yo empecé a temblar, no pude evitarlo. Se me cayeron algunas lágrimas. Pero ¿por qué? No consigo explicármelo. ¿Por qué me había afectado tanto que condenaran a aquel hombre a muerte? Aquel tipo era un caso perdido, no tenía salvación. Entre él y yo no había ningún punto en común, no nos unía lazo alguno. ¿Por qué me había conmovido hasta tal extremo?

Esta duda permanece como duda durante unos treinta segundos. Mari espera a que él prosiga. Takahashi continúa hablando:

–Lo que quiero decir es esto. Que un ser humano, fuera el tipo de persona que fuese, había sido atrapado por los tentáculos del gigantesco pulpo e iba a ser engullido por las tinieblas. Y eso, bajo cualquier circunstancia, es una escena insoportable."

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